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martes, 27 de octubre de 2009

lunes, 26 de octubre de 2009

Una agenda nacional secuestrada

Lunes, 26 de octubre 2009


México pierde tiempo valioso en mezquinas discusiones; lo peor es que nada pasa por el Congreso que no lo influencie el Presupuesto.

Cien Años de Soledad es una novela maravillosa en todos sentidos, pero hay uno que vale la pena destacar en estos tiempos aciagos para nuestra República.

En esta novela, un pueblo entero pierde la memoria y, con ella, la capacidad de significar a las cosas. El extraño mal que azota a Macondo no es otro sino el olvido generalizado. Pareciera que México está afectado por ello. No sólo extraviamos nuestra memoria, sino que hemos perdido la capacidad de nombrar a las cosas en su plenitud de significados.

Al hambre le llamamos “pobreza alimentaria”; al desistimiento a la vida lo encasillamos en “estadísticas sobre el suicidio”; a la vida en medio de la mugre, la falta de agua y drenaje le llamamos “marginación”. Hemos convertido a la tragedia en meros datos, y con ello hemos pretendido exorcizar la profunda fractura humana que todo ello significa.

Un país con la mitad de su población en pobreza es inviable. Si se le quiere llamar “Estado fallido” o utilizar otro concepto es lo de menos. Lo que está en juego es la capacidad de reconstruir espiritualmente a la nación y reconstituir valores en la aspiración de ser un pueblo solidario y justo.

El Congreso, que debiera ser una tribuna que hiciera honor a su vocación parlamentaria, se ha convertido en un teatro en donde las funciones cotidianas se desarrollan mediante monólogos que han impedido abrir la agenda de los problemas que es esencial resolver para evitar que la muerte, el hambre y la enfermedad sigan asolando a los más pobres.

Si el dilema ético que más puede confrontar a un país es el hambre masiva, no puede comprenderse que año con año la discusión sobre el Presupuesto de Egresos de la Federación se desarrolle con base en un intenso cabildeo de los intereses representados en el Congreso, mediante la cual la magnitud de los retos nacionales se simplifica, de manera ramplona, en una cuestión de puntos porcentuales.

Este es un problema mayúsculo: no es posible que la ética y la proyección moral de una idea sólida de país se subsuma a un debate entre técnicos de la economía. Es más, una disputa de sumas y restas no puede ser calificada en sentido estricto como debate o diálogo.

El poeta Hölderlin dice bellamente: “Desde que somos un diálogo y podemos oír unos de otros”. Esto es lo que se extravió; renunciamos a ser un diálogo y extraviamos la posibilidad de enriquecer espiritualmente a nuestro pueblo y ahora lo hemos sometido al hambre y la frustración más ingente.

México pierde todos los años tiempo valioso en estas mezquinas discusiones, y lo peor es que nada pasa por el Congreso que no esté influido por el debate sobre el Presupuesto.

Lo que queda claro es que, en la renuncia a seguir siendo diálogo, se ha olvidado la necesidad de construir los espacios y los mecanismos para garantizar que todas las agendas, en particular las más relevantes, tendrán cabida en la justa dimensión que les corresponde, en el debate sobre las cuestiones fundamentales del país.

Nuestra agenda nacional está secuestrada. Nada de lo que se ha dicho del Presupuesto cobra sentido ante severas crisis que nos amenazan día con día: el desempleo, el cambio climático, el hambre, las muertes evitables. Ante todo ello, más nos valdría hacer un alto en el camino y recobrar el sendero que nos lleve a intentar, nuevamente, el ser un diálogo y podamos, en verdad, oír unos de otros.

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miércoles, 21 de octubre de 2009

Lucha Contra El Cáncer: Muertes Que Deben Evitarse


Sociedad polarizada

Lunes, 19 de Octubre 2009

Ninguna sociedad puede avanzar hacia el desarrollo y la prosperidad si no cuenta con elementos mínimos que la cohesionen. Para ello es fundamental el crecimiento económico y el mejoramiento de las condiciones de acceso a servicios básicos, pero son igual de relevantes los elementos sociales, culturales, lingüísticos y antropológicos que le permiten identificarse con valores y principios compartidos.
A ninguna cultura ni a ningún país le han bastado los motivos económicos para lanzarse a alguna empresa de gran magnitud. En ese sentido, la construcción de la idea de un “nosotros” es tan importante como la garantía del acceso a servicios básicos, el mejoramiento de los niveles salariales y el manejo adecuado de la macroeconomía.
El problema es que la cohesión social, entendida como el reconocimiento común de valores y principios, así como de visiones distintas que pueden coincidir para cimentar a un país que hace de sus diferencias su mayor riqueza, no es posible si hay violencia generalizada, miedo, encono y desigualdad.
Aun cuando no existen instrumentos para comprender a cabalidad procesos tan complicados como la envidia o el resentimiento social, puede percibirse en nuestro país un clima de encono; una tendencia al revanchismo en todos los sectores y niveles sociales y una clara división, desde la percepción que tienen las personas de sí mismas, entre ricos y pobres.
El reciente caso de la extinción de Luz y Fuerza del Centro es ejemplo de este clima de polarización social. Más allá de las razones técnicas que se han esgrimido desde el gobierno federal, lo evidente es que hay un clima mediático de linchamiento en contra de todo lo que puedan significar disenso y diferencia.
De otra parte, las consignas y los argumentos que se expresan desde la movilización social tienen que ver con posiciones muchas veces irracionales, que reducen a la realidad a una lucha entre despojados y explotadores, con niveles de violencia y agresividad que pueden llegar a salirse de control en cualquier momento.
El clima de violencia que se vivió en la marcha conmemorativa del 2 de octubre, en el que se vio a jóvenes furiosos enfrentando a la policía y destruyendo lo que se les ocurría que representa al imperialismo, la burguesía, el poder infame y a todas las posibles formas de explotación social, es otra muestra del encono y del clima de confrontación en que vivimos.

Desde mi perspectiva, no se trata de tomar partido a favor de una u otra posición; en todo caso, lo importante sería reconocer que en el fondo está una abismal desigualdad que ha impedido tender puentes para el diálogo y la conciliación nacionales.
Es imposible generar proyectos sociales de gran envergadura en un país en el que, según la Encuesta Nacional sobre Inseguridad 2008, en ese año, 11% de la población nacional fue víctima de algún delito; en el que hay 20 millones de personas con hambre; en el que la desigualdad en los ingresos se agudizó en los dos últimos años; y en el que siguen existiendo personas que no tienen acceso a la educación, a la salud y a las condiciones mínimas para insertarse a un puesto de trabajo digno.
México no puede seguir con el extravío de proyecto en el que se encuentra y no es posible que sigamos avanzando sin rumbo y sin la audacia de pensar, como una cuestión aspiracional, en dónde queremos estar en los próximos 50 años.
Los ideales de libertad y justicia social, que inspiraron a la Independencia y al movimiento revolucionario de 1910, no pueden ser tomados sólo como meros referentes del pasado; recuperarlos en un sentido profundo permitiría, quizá, empezar a generar acuerdos elementales que permitan reconciliarnos y construir un país incluyente, si comenzamos por saldar la deuda con los más necesitados.
Debemos reconocer que la celebración del Bicentenario y del Centenario se ha reducido a una feria de construcciones de monumentos a la desigualdad y que hemos perdido tiempo valioso, ante el cual podemos aún construir los acuerdos con miras a resolver los dilemas de la pobreza y la exclusión social, que incluso hace 100 años hubiese sido difícil imaginarlos.
México no puede seguir con el extravío de proyecto en el que se encuentra.
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lunes, 12 de octubre de 2009

El uso político de lo social

México ha retrocedido 15 lugares en la escala mundial en dos décadas, pues en la medición de 1990 aparecía en el sitio 38 y, en la de 2009, en el 53.
En medio de la profunda crisis que padecemos, el gobierno federal decidió festejar el hecho de que, según su interpretación, México avanzó un lugar en el Informe sobre el Desarrollo Humano 2009.
Como en casi todos los temas, la Presidencia llegó una vez más tarde con su declaración, lo cual, sumado a la manipulación de los datos y las conclusiones que de ella extrae, convierten en un despropósito su intento de hacer ver que el país iba bien, pero lamentablemente la crisis se nos atravesó.
La percepción oficial es equivocada, por lo que el Presidente debería llamar a cuentas a quien le convenció de que lo hecho fue lo adecuado, porque lo hizo mentir y lo llevó a la utilización, incluso de la ONU, para fortalecer una estrategia mediática que busca a toda costa negar lo que, todos los días y por todos lados, millones de mexicanas y mexicanos padecen: hambre, desigualdad, exclusión, enfermedad y muertes evitables.
Los asesores del mandatario sabían perfectamente que los datos con que se construyó el Informe sobre el Desarrollo Humano 2009 corresponden a 2007, cuando aún la crisis económica no había estallado, y en evidencia, el país, aun cuando raquíticamente, tenía una cierta dinámica de crecimiento económico.
Saben perfectamente también que los índices del desarrollo humano, por los cambios en la metodología, los indicadores y la incorporación de más países a la lista de medición, hacen que sea incomparable año con año y, en consecuencia, se vuelve imposible metodológicamente establecer patrones de progreso entre cada uno de los índices.
De hecho, según el Informe sobre el Desarrollo Humano 2008, “es posible que no se puedan comparar las estadísticas presentadas en distintas ediciones del Informe. Por este motivo, la Oficina encargada del Informe sobre el Desarrollo Humano recomienda decididamente abstenerse de realizar análisis de tendencias basándose en datos procedentes de distintas ediciones del Informe. Tampoco se pueden comparar los valores y posiciones en distintas ediciones del IDH”.
De no ser así, lo que podría afirmarse es que México ha retrocedido 15 lugares en la escala mundial en dos décadas; pues en la medición de 1990 aparecía en el sitio 38 y, en la de 2009, en el 53. Y si se analiza con cuidado la serie de Informes sobre el Desarrollo Humano, debido a la incorporación de variables, habría no sólo retrocesos en la posición relativa del país, sino en el valor del índice, pues en 1995 el registrado era de .842, mientras que, en el año 2000, el indicador resultó de .793, mientras que en 2009 fue de .854. Esto implicaría que apenas llegamos una vez más al valor del índice de 1992, pues es la línea base de información que se usó para construir el Informe de 1995.
Es evidente que la Presidencia intentó usar a la ONU como autoridad irrebatible de su estrategia mediática y sostener que, a pesar de los 2.8 millones de desempleados que reporta el INEGI y los 19.2 millones de personas con hambre que contabilizó el Coneval en 2008, todo va bien, y que sólo es cuestión de esperar 30 años más para que, ahí sí, ceteris paribus, logremos abatir la pobreza extrema en México.
Lo éticamente inadmisible de este uso político de la información es que se desvirtúe un instrumento que permite valorar ciertos avances en la generación del bienestar y que, con base en ello, pretenda engañarse al país, apelando al uso efectista del anuncio presidencial en todos los medios de comunicación.

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jueves, 8 de octubre de 2009

lunes, 5 de octubre de 2009

Sin rumbo

Lunes, 5 de octubre 2009

La pobreza de hoy tiende al salvajismo. Se trata de la indolencia ante quien vive el hambre como realidad cotidiana; y frente a quienes mueren de enfermedades curables.

Por todos es sabido que la política social no alcanza para abatir por sí misma ni a la pobreza ni mucho menos a la desigualdad. Si no se comprende que la política económica es en el fondo política social, entonces los problemas y los rezagos estructurales que venimos arrastrando casi ancestralmente se mantendrán, en ocasiones atenuados, en ocasiones matizados, sin embargo nunca resueltos.

A menos de un año del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución se ha olvidado el anhelo de quienes construyeron estas gestas libertarias: moderar la opulencia en los ideales de Morelos; construir justicia social y democracia, en los ideales de la Revolución Mexicana.

La pobreza de hoy tiende al salvajismo. Se trata de la indolencia ante quien vive el hambre como realidad cotidiana; y frente a quienes mueren de enfermedades curables. Hay en esa lógica una categoría olvidada: la de la exclusión social; que implica expulsar a las personas de los sistemas institucionales para la garantía de los derechos humanos.

Los programas sociales con que contamos constituyen en el mejor de los casos un sistema de emergencia que sigue atendiendo a los damnificados del desastre económico que vivimos, desde que extraviamos, hace más de 15 años, la capacidad de generar empleos.

De este modo, la tecnocracia gobernante, pública y privada, convirtió en permanente lo que debía tener un carácter estrictamente temporal: asistir a los pobres con recursos para la subsistencia. El corolario de este esquema nunca se realizó: construir un modelo económico con la capacidad suficiente de absorber e incluir al mundo del trabajo digno a los millones de jóvenes que año con año engrosan las filas de la población económicamente activa.

Por ello, pretender revertir la pobreza sin generar un modelo de crecimiento para la equidad constituye un despropósito mayor, porque implica evadir la discusión sobre cómo generar empleos dignos y centrarla exclusivamente en cómo paliar los efectos de un esquema de desarrollo económico diseñado para la desigualdad.

Mientras el desempleo siga siendo la constante de la economía, la informalidad crezca y persistan modalidades aberrantes del mundo laboral, tales como el trabajo infantil o la desigualdad estructural entre los ingresos que perciben hombres y mujeres, la pobreza seguirá siendo la única realidad cotidiana posible para millones de mexicanos.

Las cifras de la ENOE 2009 son contundentes. Al segundo trimestre de este año, el número de personas desocupadas fue de 2.3 millones, y al cierre de septiembre la cifra se estima en 2.8 millones. La precarización del empleo continúa: la cantidad de personas que perciben menos de un salario mínimo creció, del segundo trimestre de 2008 al segundo trimestre de 2009, de 5.28 a 5.62 millones. Por si fuera poco, también se redujo el número de personas ocupadas con acceso a servicios de salud, pues en el periodo señalado la cifra pasó de 15.8 a 15.4 millones.

El problema es la política económica de este país, que ha renunciado a construir equidad desde la economía política, es decir, desde criterios justos de distribución de la riqueza, por ejemplo, mediante la generación de empleos dignos y la universalización gratuita de la educación y la seguridad social, lo cual implicaría no sólo una reforma fiscal, sino alterar las lógicas de concentración del ingreso que mantienen la profunda desigualdad que hay en México.

Al segundo trimestre de este año, el número de personas desocupadas fue de 2.3 millones.

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