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lunes, 4 de agosto de 2014

Los rostros del dolor

Excélsior, 04/08/2014

Las imágenes cotidianas de los medios de comunicación están llenas de violencia. No es que los medios las generen; por el contrario, dan cuenta del horror que nos rodea y son, en muchos casos, la única alternativa de denuncia ante el autoritarismo y el abuso de poder.

Es desolador observar los rostros descompuestos ante la muerte de niñas y niños en la Franja de Gaza; ante la enfermedad y la incertidumbre que está generando la crisis del ébola en África; y en nuestro propio entorno, los rostros de los familiares de las miles de víctimas que todos los días son vulneradas por la delincuencia en todas sus formas y niveles.

Frente a una realidad dura y hostil para la mayoría, el papel de los medios de comunicación es fundamental. De ahí que no debe pasarse por alto el tratamiento y la propia estructura de los noticiarios, pues en muchos casos no sólo no se está dando cuenta de manera apropiada de la complejidad, sino que, aun de manera involuntaria, se contribuye a trivializar o a normalizar la violencia.

Algo anda mal cuando en los noticiarios se puede pasar de las imágenes de masacres, asesinatos u otros crímenes, a la sección de deportes, a la sátira política o incluso a la frivolidad de los espectáculos. Frente a esta consideración, es válido hacer un llamado a ser cuidadosos con lo que proyectamos a la población, más aun en un país en el que todavía la mayoría utiliza la televisión como el principal medio de comunicación para acceder a información y entretenimiento.

Lo anterior tiene sentido, sobre todo si se considera que exorcizar la violencia y construir una cultura para la paz requiere sin duda alguna de medios de comunicación que cumplan a cabalidad con el mandato legal de ser medios de interés público; es decir, espacios que tienen la capacidad de diseñar y proyectar productos de calidad, desde los productos noticiosos hasta los dirigidos al entretenimiento.

La sorpresa generada en la década de los 90 en el siglo pasado, relativa a la capacidad de ver “en tiempo real” los bombardeos en la primera invasión estadunidense a Irak, se ha convertido en uso y costumbre en nuestros días, en los que la instantaneidad de internet permite ver todo tipo de sucesos en el mismo momento en que ocurren incluso sin la mediación de las “empresas tradicionales” de comunicación.

Esta capacidad tecnológica no ha ido acompañada, sin embargo, de una renovación cultural; sí tenemos acceso a mayor cantidad de datos e información, pero no somos definitivamente más sabios, ni gracias a tal acceso ni mucho menos en la interpretación y comprensión de lo que estamos observando todos los días en las pantallas tanto de las televisiones como de las computadoras.

No debemos perder la capacidad, no de sorpresa, como se dice regularmente, sino de conmovernos, de cimbrarnos ante el dolor ajeno; y como consecuencia de lo anterior, de no permanecer inmóviles o en el pasmo ante la barbarie y la violencia.

Comprender el grotesco espectáculo que estamos presenciando exige vislumbrar, como lo expresaba Octavio Paz, que lo propio del ojo no es precisamente ver, sino llorar; porque al entender esto, tenemos la posibilidad de estar abiertos a la solidaridad y sin ambages, al ejercicio de una ética de infinita responsabilidad con nuestros semejantes.

*Investigador del PUED-UNAM
Twitter: @ML_Fuentes