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lunes, 4 de agosto de 2008

Inflación y la cuestión social

Mario Luis Fuentes
Lunes 04 de agosto de 2008

El gobernador del Banco de México informó esta semana las expectativas inflacionarias para 2008 y que para diciembre de este año se espera una de 6%; la cifra más alta de los últimos diez años, aunque con la diferencia de que esta vez se trata de un proceso que se sitúa en un contexto de crisis global de la economía, derivada de la económica y financiera prevaleciente en Estados Unidos.

En el análisis de lo social casi siempre se tiende a segmentar disciplinas, pero esto es meramente conceptual, pues la vida social se basa en interrelaciones que obligan a comprenderla como un todo. Así, el tema de la inflación constituye un asunto de vital importancia en relación con la cuestión social de nuestro país y en el contexto de crisis señalado, a escala mundial.

Sí, los impactos inflacionarios ya están comenzando a tener severas consecuencias para las familias más pobres porque, en primer término, la inflación constituye el “impuesto” más caro y, en videncia, uno de los factores regresivos del ingreso más severos que puede haber.

Debe considerarse, además, que por primera vez en años, la espiral inflacionaria surge en buena medida en el sector de los alimentos y ello aunado a la del sector de los medicamentos, sitúa a las finanzas de las familias de menos ingresos, pero también a las del sector público, en graves problemas de subsistencia y sostenimiento del gasto, tanto privado como público.

Según el Banco de México, son los alimentos y las medicinas los productos que en mayor grado han incrementado sus precios en los últimos dos años y a los que, proporcionalmente hablando, los pobres destinan la mayor parte de sus ingresos.

Lo mismo ocurre con la actual política de asistencia social a los pobres, cuyos programas más importantes, fundamentalmente Oportunidades y el Seguro Popular, los de mayor envergadura presupuestaria, están dirigidos a la transferencia de ingreso y al otorgamiento de subsidios para el consumo, nuevamente, en alimentos y medicinas.

Así, la economía y sus tropiezos deben darnos la oportunidad de repensar con seriedad si el modelo que hemos asumido en los últimos 30 años continúa siendo viable. La evidencia con que contamos nos arroja un rotundo “no”, por lo que es tiempo de construir una nueva dinámica económica para generar los empleos que urgen y con ello aprovechar el bono demográfico y frenar, o al menos paliar, la sangría de la migración de los millones de jóvenes que se van, frente al desempleo masivo y la desesperanza, y se llevan mucho de lo mejor que tenemos en cuanto a escolaridad, capacidad emprendedora y capacidades para el desarrollo.

En esa lógica, son muchos los cambios que deben realizarse y, por ello, urge iniciar un proceso de reingeniería social que, en un movimiento gradual, pero acelerado, nos lleve a cerrar las llamadas brechas que tenemos con respecto a los países con mayor equidad y desarrollo y que hoy comienzan a percibirse como supercarreteras que nos separan de la posibilidad de construir instituciones para la erradicación de la pobreza y la injusticia social.

El pensamiento social que sólo puede ver variables y cifras en tableros electrónicos no puede seguir considerándose como la panacea ni mucho menos el paradigma incuestionable en que intentó erigirse en la década de los 90 y que continúa a modo de “discurso casi único” en las oficinas de la “inteligencia económica de este país”.

Cuando nos golpearon las crisis económicas de los 80 y los 90, las adicciones, la violencia —tanto la del crimen organizado como la que se vive en los hogares y las calles—, la migración, el desempleo, los saldos negativos en la seguridad social, además de la crisis educativa, por citar sólo algunos ámbitos de altísima complejidad, no tenían el tinte dramático con que hoy se nos presentan.

Por ello es tan grave este periodo actual de crisis. Porque a la fractura de la solidaridad y el tejido social, se le añade el ingrediente, casi siempre explosivo, de una agudización de las carencias monetarias, que privan de capacidad de consumo a las personas, en mayor detrimento siempre de las niñas, los niños y las mujeres.

La inflación de hoy no puede ser tomada, pues, sólo como un dato económico, sino antes bien el síntoma de una severa crisis de un modelo de desarrollo que ha generado una brutal desigualdad a nivel global y en el interior de los países y que renunció a dos premisas básicas del pensamiento clásico, económico y social: la generación de la riqueza está en el trabajo y la aspiración de las sociedades debe conducir a una distribución equitativa de la riqueza socialmente producida.

El reto de hoy es tener la capacidad para imaginar, y el valor político con el fin de construir, un nuevo modelo de desempeño de nuestras instituciones, políticas, económicas y sociales, a fin de garantizar el anhelado bienestar para todas y todos.

http://marioluisfuentes.blogspot.com