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lunes, 21 de octubre de 2013

La centralidad del empleo


Superar la pobreza depende, sin duda alguna, de lograr un crecimiento económico sostenido que además se distribuya con criterios de equidad. Para 2013, a pesar de que el Gobierno de la República reconoció por primera vez en mucho tiempo que el gran reto nacional se encuentra en la erradicación del hambre, los avances serán escasos, mientras que el panorama para 2014 continuará siendo difícil. Con el crecimiento de 1% proyectado para el cierre del año, lo esperable es que el número de empleos creados no supere los 300 mil, y de lograrse en 2014 3% de crecimiento del PIB proyectado en la Ley de Ingresos aprobada la semana pasada, estaríamos aún muy lejos de la necesaria cifra de 1.2 millones de empleos anuales. Los datos que dio a conocer el INEGI respecto de la tasa de desempleo estimada para el mes de septiembre confirman que la situación es crítica y que no se está logrando resolver los problemas estructurales que venimos arrastrando desde hace tres décadas: bajo crecimiento, un deficiente sistema de protección social, empleo precario y pobreza masiva. Entre abril y septiembre, la tasa promedio mensual de desocupación se ubica en 5.09% respecto de la Población Económicamente Activa, es decir, una suma aproximada de 2.5 millones de personas en condiciones de desocupación, así como una tasa de condiciones de informalidad superior a 60 por ciento. Quizá lo más preocupante de esta situación se encuentra en que los empleos que se mantienen ofrecen cada vez salarios más bajos, así como un menor número de prestaciones económicas y sociales, con lo que el llamado Índice de la Tendencia Laboral de la Pobreza continúa creciendo, de tal forma que aun teniendo trabajo, nada garantiza que no se estará por debajo de la llamada línea del bienestar. Es evidente que la estabilidad macroeconómica, si bien es una condición necesaria, no es suficiente para garantizar una dinámica de crecimiento con equidad; en términos de políticas públicas, lo que esto nos muestra es la necesidad de tomar nuevas medidas que permitan reconstruir al mercado interno, y también para recuperar el poder adquisitivo del salario de los trabajadores. Construir un sistema de protección social capaz de prevenir y disminuir los riesgos sociales sólo será viable en la medida en que también se dé acceso mayoritario a empleos de calidad que permitan lo más elemental: vivienda digna, educación, transporte y ahorro para la vejez. Desde esta perspectiva, propuestas como el seguro de desempleo, el cual cubrirá fundamentalmente a quienes ya tienen seguridad social, constituye un elemento importante, sí, pero que también nos revela el fenómeno que no ha querido reconocerse aún: hay cientos de miles de personas que padecen el desempleo o el subempleo permanente. Simultáneamente, lo que hoy debemos reconocer es que las políticas salariales que imperan en prácticamente todas las regiones no permiten una valoración adecuada del trabajo, ni en el plano material ni en el simbólico, como mecanismo civilizatorio de dignificación y realización personal. Lo anterior es relevante, sobre todo porque si de algo no debemos olvidarnos, es que en todas las culturas el trabajo ha sido entendido como una actividad que libera; hoy, sin embargo, constituye antes bien un espacio de explotación inaceptable, si es que queremos pensar en una sociedad igualitaria y sustentada en una lógica universal de derechos humanos.