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lunes, 7 de octubre de 2013

La oportunidad en el desorden


El desorden se encuentra en todas partes, el cual transporta y es reflejo de irresponsabilidades cometidas en los tres niveles de gobierno, y en el cual la profundidad de la corrupción es uno de los elementos determinantes de su extendida presencia y persistencia...

El desastre por las torrenciales lluvias del mes de septiembre evidenció, una vez más, que la pobreza, la marginación y la desigualdad están en todas partes; y que, efectivamente, no hay un solo estado del país en el que no se encuentren municipios con altos grados de vulnerabilidad, en el más amplio sentido del término.
Esta realidad permite asumir también que el desorden se encuentra en todas partes, el cual transporta y es reflejo de irresponsabilidades cometidas en los tres niveles de gobierno, y en el cual la profundidad de la corrupción es uno de los elementos determinantes de su extendida presencia y persistencia.
Por ello es encomiable la decisión presidencial de ordenar una investigación para determinar si hay responsabilidades que fincar —y a quién o a quiénes— frente al desastre en Guerrero; pero lo sería aún más, si esta instrucción transitara hacia la construcción de un nuevo sistema de vigilancia y control del gobierno, para combatir eficazmente la corrupción y abonar a la tan anhelada transparencia gubernamental.
Una decisión de este tipo permitiría no sólo sancionar a funcionarias y funcionarios que por comisión u omisión generaron buena parte de la tragedia que estamos viendo, sino evitar que en el futuro, frente a huracanes o frente a cualquier otro desastre, los daños no tengan como origen primario la ineficiencia e ineficacia gubernamental.
Los diagnósticos son, además de abundantes, reiterados: desde el informe presentado por el ministro Zaldívar, respecto del caso de la guardería ABC, hasta las evaluaciones que periódicamente llevan a cabo el Coneval y la Auditoría Superior de la Federación, constituyen documentos que muestran una y otra vez la urgencia de restablecer un orden y sentido mínimo a las acciones que se llevan a cabo en la República.
En este contexto, son varios los funcionarios del gobierno federal quienes sostienen en privado que las dependencias se encuentran desarticuladas, que la burocracia, en general, carece de compromiso público y mística de servicio, y que la reglamentación y normatividad que se ha acumulado durante décadas, ha abonado y es causa de parálisis, ineficiencia y también de espacios de corrupción.
La incertidumbre global y local debería dar pie a un proceso sistemático y planteado con miras de largo plazo, para reconstruir y para reintegrar socialmente a la República; pero ello requiere asumir, desde el gobierno federal, la conducción de un proceso democratizador que, simultáneamente, reconstituya el tejido social, abatiendo aceleradamente la pobreza y las desigualdades.
Las investigaciones que habrán de llevarse a cabo respecto del desastre, bien podrían constituir un elemento fundamental de diagnóstico que nos dé certidumbre, al menos, de dónde debemos comenzar; y a partir de ahí, llevando a cabo sanciones y acciones ejemplares en torno a la reconstrucción, que lleven a procesos ampliados de desarrollo y recuperación de territorios abandonados o perdidos.
Hoy la Presidencia de la República se encuentra ante la posibilidad real de replantear sus objetivos, en aras de acelerar el crecimiento, reactivar la economía, y voltear la mirada, una vez más, hacia las entrañas del país, y asumir que sólo en la medida en que se construya un proyecto social para generar identidad y cohesión social, podremos ser un incluyente y plenamente democrático.
Lo deseable es que, en las semanas por venir, no dejemos ir una vez más, esta dolorosa, pero invaluable oportunidad.
                *Director del CEIDAS, A. C.