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jueves, 25 de septiembre de 2008

El otro temor

22 de Septiembre de 2008

Los atentados en Morelia, más allá de su vileza, muestran que las autoridades no pudieron prever que algo así podría ocurrir.

México vive una profunda crisis institucional. Esa crisis está determinada por la fractura de las capacidades públicas para atender y cumplir con las responsabilidades mínimas que les asigna tanto la Constitución Política como sus leyes y otros ordenamientos normativos y de regulación.
En el ámbito gubernamental hay una fragmentación en las estrategias generales de la administración pública federal. No se perciben los ejes que articulan a la acción del gobierno y, con ello, tampoco se vislumbra con claridad cuál es el rumbo y el sentido final de sus acciones.
En lo que respecta a los partidos políticos, están atrapados en la lógica de la coyuntura del día siguiente y ninguno de los institutos con legisladores en el Congreso ha presentado una propuesta de agenda integral para la reforma social del Estado que permita abatir la desigualdad y la pobreza que padecemos.
Las instituciones económicas están desbordadas y no han logrado detonar un proceso de crecimiento sostenido, el cual pueda traducirse en los empleos requeridos para la generación de 1.2 millones de plazas anuales que necesitamos para satisfacer la demanda de los cientos de miles de jóvenes que año con año se incorporan al mercado laboral y con el fin de abatir el rezago del desempleo prevaleciente.
Por último, en el ámbito de la seguridad pública todos sabemos la gravedad de la situación que se vive en el país. Los atentados en Morelia, más allá de su vileza, muestran que las autoridades, en todos sus órdenes, no pudieron prever que algo así podría ocurrir; y la aparición de “narcomantas” en aquella ciudad ratifica que los grupos criminales tienen una capacidad de respuesta a la presencia de autoridades federales, e incluso del Ejército, más allá de lo que se ha podido o querido asumir.
En ese sentido, son tres grandes pilares de la estructura institucional del país que, por decir lo menos, hoy se encuentran en una fragilidad mayor: en lo social hay una deuda mayúscula; en lo económico, aun cuando se ha resistido relativamente bien el embate de la crisis de Estados Unidos, en cuestiones estructurales seguimos recaudando muy poco en impuestos y ese poco que se recauda se distribuye muy mal, amén de la ya señalada incapacidad de generar empleos y, en tercer lugar, en el ámbito de la seguridad pública existe una percepción generalizada en torno a que la impunidad, la corrupción y la incapacidad se encuentran en todas las estructuras policiales, de investigación y de procuración de justicia.
Frente a este escenario se han escuchado muchas propuestas; sin embargo, antes de dar respuestas, hay preguntas que no nos hemos atrevido a hacernos, quizá por la magnitud de lo que implican las respuestas que es necesario construir.
Por ejemplo, habría que preguntar si el Estado no puede ya, en su estructura y con sus recursos, combatir con efectividad y hasta sus últimas consecuencias al crimen organizado; ante esto, vale cuestionar, ¿qué pasaría si el nivel de corrupción es tal que el proceso de descomposición de las policías y los organismos de seguridad de las entidades de la República es ya irreversible? ¿Qué implica que las autoridades no hayan logrado generar empleos y calidad de vida para todos en los últimos 20 años? ¿Y qué pasaría si el mercado y sus instituciones vinculadas no son las idóneas para generar crecimiento económico y equidad distributiva?
Por lo anterior, es evidente que deberíamos comenzar a invertir el orden de nuestras preguntas y, con ello, generar otro tipo de respuestas a los problemas que hoy nos aquejan. En los últimos meses, el terrorismo que se ha ido construyendo por los grupos delincuenciales ha infundido muchos temores en la población y, por ello, al temor de la inseguridad pública hoy habría que señalar que hay otro igualmente profundo, porque si este Estado no puede, entonces la pregunta que debemos formularnos es: ¿cómo hacer para que éste no sea un Estado fallido o, en su caso, cómo lo reformamos para que cumpla con los mandatos que la Constitución le asigna?
El otro temor al que hoy nos enfrentamos consiste precisamente en asumir que el Estado está rebasado y tenemos muy pocas salidas ante los retos que enfrentamos. Habrá que pensar, y en serio, cómo fortalecer al Estado y cómo llevar a cabo una profunda reforma de sus estructuras, con el fin de recuperar la paz social y el bienestar para todos los mexicanos.

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