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lunes, 24 de agosto de 2009

El regreso a clases y la exclusión social

Lunes, 24 de Agosto 2009

Según la Encuesta Nacional de Empleo (ENOE), en 2007 había en México 29 millones 203 mil 394 personas entre los cinco y los 17 años. De éstos, 14 millones 763 mil 18 son hombres y 14 millones 467 mil 376 mujeres. El dato es relevante, porque es este segmento de la población el que constituye el grueso de la matrícula escolar. En efecto, el sistema educativo nacional tiene una cobertura de más de 32 millones, cuya inmensa mayoría se ubica en el grupo de edad señalado.

De acuerdo con lo que establece el texto constitucional, todas las niñas y los niños deberían estar en la escuela. Esto implicaría una cobertura universal hasta el bachillerato, lo cual se encuentra muy lejos de ser una realidad en nuestro país. Así, de los 29.2 millones de menores de 18 años que había en 2007, hay un registro alarmante de 3.07 millones que no asistían a la escuela, la inmensa mayoría, por razones económicas.

Desagregados por grupos de edad, es preocupante que, entre quienes tenían de cinco a nueve años, se registró un total de 236 mil 504 niñas y niños que no acudían a la escuela, cuando se supone que en México no sólo la gratuidad de la educación, sino la existencia de programas como Oportunidades, deberían garantizar que no hubiera una sola niña o niño excluido del sistema. En el grupo de edad de los 10 a los 13 años, la cifra es de más de 315 mil sin la oportunidad de ver cumplido su derecho a la educación.

Debe destacarse, además, que para la población de 14 a 17 años aún hay rezagos abismales: 110 mil 584 adolescentes en este segmento no cuentan con ningún grado de instrucción; 520 mil 258 no habían concluido la primaria; mientras que más de 3.5 millones tenía secundaria incompleta, lo cual evidencia no sólo una enorme tasa de no absorción de la secundaria a la preparatoria, sino también altos niveles de reprobación, repetición de grados y extraedad escolar grave en las secundarias. Lo anterior implica que, en 2007, teníamos a más de 630 mil personas entre 14 y 17 años sin concluir la primaria; dato aterrador, porque implica que estas niñas y estos niños seguramente estarán condenados, en su mayoría, a tener severos problemas de inclusión laboral, aprendizaje profesional y, desde luego, altas probabilidades de reproducir los círculos intergeneracionales de la pobreza.

Estos datos deben, sin embargo, tomarse con mucha cautela, pues si los registros de incremento en los niveles de pobreza y en la agudización del hambre en todo el país comenzaron a darse desde 2007, entonces la deserción escolar, la reprobación y la no absorción de egresados de primaria y secundaria pudo haberse incrementado también de manera significativa. Debe dejarse en claro que la pobreza de capacidades creció al pasar de 4.2 a 5.3 millones de hogares, lo cual implica no contar con recursos suficientes para satisfacer las necesidades básicas de alimentación, salud y educación, aun destinando todo el ingreso del hogar a esos ámbitos. Si esto es así, entre comer y curar una enfermedad o asistir a la escuela, la decisión en los hogares generalmente apunta a las primeras dos opciones, por lo que no es descabellado pensar que, al no haber un crecimiento en las coberturas de los programas de combate a la pobreza, combinada con una reducción al presupuesto educativo, más niñas y niños abandonarán las escuelas y, peor todavía, hasta podrían engrosar las filas de la monstruosa figura del trabajo infantil. La ENOE del segundo trimestre de 2009 nos dice que hay más de 2.36 millones de personas desocupadas, así como 9.96 millones de autoempleados, es decir, viviendo en la precariedad laboral, pero sobre todo salarial, sin prestaciones económicas, en la informalidad y hasta en la ilegalidad.

En este contexto, la educación sigue siendo un espacio que puede permitirnos recuperar el sentido de nación, de garantizar en primer lugar la inclusión de todos al sistema educativo, en un esquema de gratuidad, desde el preescolar hasta el bachillerato.

No podemos permitir que las generaciones de jóvenes que podrían tener un promisorio futuro, se estén convirtiendo en hordas de desempleados pues, según los datos de la Encuesta Nacional de la Juventud, cada vez son más los adolescentes que ni estudian ni trabajan, lo cual puede generar poderosos “caldos de cultivo” para la violencia, la frustración y la desesperanza.

Octavio Paz decía que tenemos derecho a todo, excepto a renunciar a construir una sociedad para la felicidad. Empero, lograrlo requiere que al menos tengamos acceso a un piso básico de derechos, entre los que se encuentra sin duda una educación de calidad.

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